ODA AL CANTE De Fernando Quiñones
Narrador Pepe Garrido
Guitarra Juan José Sánchez Silva (Guitarra grupo Arenales)
ODA AL CANTE De Fernando Quiñones Cuando el cante desata sus manadas dolientes y entreabre la guitarra sus incurables grietas pasa un viento interior que nos descubre el mundo y la espantable gloria de estar vivos. El cante no se entiende: se vive. Como un árbol arraigado en las piedras y pujando hacia el cielo, como el rumor del agua en la resaca y el oscuro clamoreo de la vida y la muerte, crece un cante en la noche y entonces todo calla, todo vuelve al origen de la tierra, regresamos al seno de la sangre y llegamos a llanuras inéditas y abismos escondidos. El cante se desata del pueblo igual que una dura constelación martilleada, es tiniebla y luz reunidas, es un río incesante, su cama es la pobreza, se forja en las guitarras y una guitarra está llena de cosas idas, cosas con nombre y cosas que no pueden decirse: peces, pupilas, cabelleras, musgo, silencio y llamas, soledad y sales. Yo sé que los exhaustos arroyos del verano con un lento jinete y un vibrar de libélulas vagan por la guitarra sedienta y encendida como las temporeras arañan las ventanas. Ven, seguirilla, y tráeme tu cuerpo, tus enormes y oscuras alcobas asfixiadas, tu campana mortal y tu apretado puño en cuyo dentro late un ruiseñor sin ojos y sin lengua. Pueblos y campanarios, abríos, mar, corrales, dehesas en la noche, puentes, amanecidas, caracolas dormidas en la casa, rincones de cuchillo temblando, hablad, decidlo todo, dilo tú todo, soleá del mundo. Llevadme al mar y abridme las velas de la tarde. Siempre es igual la pena: vestidla de alegría para que nunca sepa que el tiempo es una mano sin memoria y sin cuenta y sin padre ni madre. Caña, serrana, polo, distancias del estío, áspera luz abierta de los desfiladeros, torrentes del amor, lentiscos, pedregales, mundo sin nadie, voces del viento y de la jara, venid y que yo os toque como a animales vivos, estampadme en la cara vuestro ácido perfume, llenadme como a un cántaro de agua de sueño y fiebre, no os mováis ya más nunca de mi tamaño de hombre. Yo no sé lo que tiene un cante como un tiro recibido en el pecho de parte de la vida, no sé si es soportable tanta súbita luz, si tanta y tan mal quemada verdad puede cantarse. Manuel de Soto, mítico Silverio, Caracó, Pastora de los largos rebaños de la pena, Aurelio, Rafaé, Fernanda, Antonio Mairena, Juan, Joaquín, Ortegas, Vargas, oh tenores terribles, carusos de la sombra, torturadas gargantas de la playa y la mina cuyo grito sangriento quiebra las madrugadas como una culpa: la de haber nacido.
